Comenta: Rubén
La corrección victoriana está indisolublemente unida a la sociedad de los vampiros. Los vampiros son, así pues, decimonónicos en su concepción actual (si exceptuamos a los gusiluces de la saga “quepórculo”, perdón, “Crepúsculo”), porque Stoker escribió su Drácula en este siglo. Por tanto y como cada obra es hija de su tiempo, los amigos de la noche tienen esa moral y modales victorianos de elegancia y cortesía que se entremezclan con la naturaleza rural de su natal Valaquia medieval que constituye su germen.
Con todo, las principales características fueron descritas por el Padre Calmet en 1715 en su Tratado sobre los Vampiros. Creo que no seré spoiler si comento algo harto conocido por todos, como que la corrección y urbanidad de los vampiros pasa por no poder ingresar en domicilios o espacios cerrados si no invitados por sus dueños o moradores, y es una idea interesante porque en la película que hoy comentamos, que yo recuerde, se plasma esta norma en dos escenas, así como que todos los ataques son en campo abierto. Tan abierto que incluso uno es visto por un vecino indiscreto.
Todo este rollo viene para hablar de la película sueca de 2008 Déjame entrar, film dirigido por Tomas Alfredson (su última película ha sido El Topo). Un film que narra una historia de vampiros nada al uso aunque con su tópico romance de amor que hay en toda historia de vampiros, ya sea cinematográfica o literaria. No está claro en la película, sin embargo, si el chico vampiro es chico, chica o qué. Parece ser que en la novela original (del sueco John Ajvide Lindqvist y de título difícil de escribir) él es un castratto, pero no he podido confirmar esta información. Por cierto, que la película tiene un montón de premios.
Pero bueno, la historia más o menos es la siguiente: Oskar, un muchachito sueco de unos doce años, vive en una tranquila barriada de clase media con su madre, sufre acoso escolar por parte de los chulitos de su “cole”. Una noche conoce Eli, a su nueva vecina (diremos vecina en ausencia de confirmación). Eli es una chica de su edad más o menos, de pelo moreno y facciones poco nórdicas, tímida y reservada, pero con el paso del tiempo acaban haciéndose amigos.
Hasta aquí todo va bien (chico conoce a vampiresa, lo normal en la pre-adolescencia, se gustan, hay romance, muestras de amor...), pero claro, la chiquilla tiene que comer y ya sabemos cómo lo hacen los vampiros, sin cubiertos ni nada. Mordisco directo a la yugular. Y acaban con todo el rostro lleno de sangre. Muchos modales, pero no conocen las servilletas. Pero no nos distraigamos, el caso es que la pobre Eli no puede permanecer demasiado tiempo en cada ciudad por una razón obvia (véase el siguiente párrafo) así que un buen día tiene que emigrar y no cuento más.
Ya cuando acabó la película, en el debate posterior al visionado, surgió la duda de cuánto podría durar una comunidad vampírica de 50 miembros, por ejemplo, en una ciudad como Alicante. Supongamos que cada vampiro necesita un humano al día para alimentarse, ¡qué menos que seis litros de sangre diaria para nutrirse!, y que la población de Alicante es de unos 350.000 habitantes. Pues los datos serían que unos veinte años (sin contar los nacimientos en sendas comunidades). El tiempo es demasiado breve, acabaríamos todos muertos en un lapso ciertamente preocupante. Y no creo que los grupos de vampiros sean tan pequeños, quizá se muevan en gremios de cien individuos.




































