lunes, 28 de mayo de 2012

¿Se puede?

Propone: Virginia
Comenta: Rubén

La corrección victoriana está indisolublemente unida a la sociedad de los vampiros. Los vampiros son, así pues, decimonónicos en su concepción actual (si exceptuamos a los gusiluces de la saga “quepórculo”, perdón, “Crepúsculo”), porque Stoker escribió su Drácula en este siglo. Por tanto y como cada obra es hija de su tiempo, los amigos de la noche tienen esa moral y modales victorianos de elegancia y cortesía que se entremezclan con la naturaleza rural de su natal Valaquia medieval que constituye su germen.

Con todo, las principales características fueron descritas por el Padre Calmet en 1715 en su Tratado sobre los Vampiros. Creo que no seré spoiler si comento algo harto conocido por todos, como que la corrección y urbanidad de los vampiros pasa por no poder ingresar en domicilios o espacios cerrados si no invitados por sus dueños o moradores, y es una idea interesante porque en la película que hoy comentamos, que yo recuerde, se plasma esta norma en dos escenas, así como que todos los ataques son en campo abierto. Tan abierto que incluso uno es visto por un vecino indiscreto.


Todo este rollo viene para hablar de la película sueca de 2008 Déjame entrar, film dirigido por Tomas Alfredson (su última película ha sido El Topo). Un film que narra una historia de vampiros nada al uso aunque con su tópico romance de amor que hay en toda historia de vampiros, ya sea cinematográfica o literaria. No está claro en la película, sin embargo, si el chico vampiro es chico, chica o qué. Parece ser que en la novela original (del sueco John Ajvide Lindqvist y de título difícil de escribir) él es un castratto, pero no he podido confirmar esta información. Por cierto, que la película tiene un montón de premios.


Pero bueno, la historia más o menos es la siguiente: Oskar, un muchachito sueco de unos doce años, vive en una tranquila barriada de clase media con su madre, sufre acoso escolar por parte de los chulitos de su “cole”. Una noche conoce Eli, a su nueva vecina (diremos vecina en ausencia de confirmación). Eli es una chica de su edad más o menos, de pelo moreno y facciones poco nórdicas, tímida y reservada, pero con el paso del tiempo acaban haciéndose amigos.


Hasta aquí todo va bien (chico conoce a vampiresa, lo normal en la pre-adolescencia, se gustan, hay romance, muestras de amor...), pero claro, la chiquilla tiene que comer y ya sabemos cómo lo hacen los vampiros, sin cubiertos ni nada. Mordisco directo a la yugular. Y acaban con todo el rostro lleno de sangre. Muchos modales, pero no conocen las servilletas. Pero no nos distraigamos, el caso es que la pobre Eli no puede permanecer demasiado tiempo en cada ciudad por una razón obvia (véase el siguiente párrafo) así que un buen día tiene que emigrar y no cuento más.


Ya cuando acabó la película, en el debate posterior al visionado, surgió la duda de cuánto podría durar una comunidad vampírica de 50 miembros, por ejemplo, en una ciudad como Alicante. Supongamos que cada vampiro necesita un humano al día para alimentarse, ¡qué menos que seis litros de sangre diaria para nutrirse!, y que la población de Alicante es de unos 350.000 habitantes. Pues los datos serían que unos veinte años (sin contar los nacimientos en sendas comunidades). El tiempo es demasiado breve, acabaríamos todos muertos en un lapso ciertamente preocupante. Y no creo que los grupos de vampiros sean tan pequeños, quizá se muevan en gremios de cien individuos.

martes, 8 de mayo de 2012

"¡La cerda es mía!"

Propone: Julián
Comenta: José Antonio


Aprovechamos esta racha de cine satánico que llevamos en los comentarios, para hablar hoy de "El exorcista", que Julián trajo recientemente a nuestro Cineclub. Hay otras que están esperando comentario desde antes, pero la colamos delante y así seguimos la línea. "El exorcista" es otro de esos mitos del cine de terror sobre el que se ha escrito hasta la saciedad y del que se ha dicho prácticamente todo. Por eso, a fin de evitar los lugares comunes, voy a tratar de ser un poco más personal en este comentario hablando de lo que la película significa para mi, aunque habrá algunos a los que eso les puede importar un bledo. No leeréis nada aquí de la gran conmoción que causó la peli en su día, ni de los extraños accidentes durante el rodaje que intensificaron su mito (para mi que la cosa tiene más de marketing que de real), ni de la banda sonora de "Tubular Bells" de Mike Oldfield, ni de cosas por el estilo. Nunca he sido un gran fan de la saga de El exorcista y tampoco existe una razón objetiva de por qué. Y eso que con el cine de terror soy más indulgente y siempre le perdono cosas que a otras películas normalmente no les paso. No es que la considere mala, pero es que tampoco me mata y no la termino de ver para tanto. Supongo que influirá el haberla visto por primera vez en el momento inadecuado y con el público equivocado. La vi una tarde, en el año 86, cuando ya habían pasado más de trece años de su estreno y con un grupo de amigos que iban al cine un sábado más a reirse que a asustarse. Claro, no había la atmósfera adecuada. Así, "El exorcista" pasó a simbolizar en mis experiencias cinematográficas el hecho de que yo ya tenía una edad y que el cine de terror ya no me asustaba como cuando era niño. Una teoría que se vino abajo cuando unos meses más tarde vi "El resplandor" en pantalla grande. Y eso que en aquella ocasión intenté reirme también, pero eso es ya otra historia. Supongo que entonces no entendía la enorme diferencia que había entre los directores de ambas, William Friedkin y Stanley Kubrick. De todas maneras debo decir que en el Cineclub pude comprobar que hay gente que todavía sí se asusta con "El exorcista".


A pesar de los contrastes entre Kubrick y Friedkin, hay una cosa que une ambas obras del cine de los 70. Son dos de las películas con las que el cine de terror también se hizo mayor. Las pelis de miedo no volvieron a ser igual después de su estreno. Y eso es así con independencia de lo que yo piense de la película .Y es que hasta "El exorcista" el terror seguía siendo considerado como un género menor, en el que habitualmente ni los directores se tomaban en serio a si mismos.Y durante mucho tiempo los autores del género se habían olvidado de que tenían que asustar, al igual que las comedias deben hacer reir y los dramones, llorar. Y es que se nota mucho cuando una película de miedo se ha hecho después de "El exorcista". Como también se nota en las pelis de fantasmas posteriores a "El sexto sentido". Y es que hay títulos que una vez estrenados, dejan viejas a muchas de las cosas que se han hecho antes. Como después vendrán otras películas que las dejarán desfasadas también. No hablo en este renacimiento del terror en los primeros 70 de "La semilla del diablo" de Roman Polanski porque, a pesar de su inquietante historia, nunca la he considerado como una peli de terror propiamente dicha. Polanski constituye un género por sí mismo.


"El exorcista" se estrenó en el año 1973. Su director William Friedkin ha quedado encasillado de por vida por este título y, de hecho, ninguna de sus obras ha llegado a estar tan encumbrada como ésta. Tampoco ninguna de las secuelas ha llegado siquiera a hacerle sombra y en general todas son olvidables. Por no hablar de la niña protagonista que para siempre quedó asociada al papel de la niña poseída. Se nos cuenta la historia de una madre que ve impotente cómo su hija cae víctima de un extraño mal, sin que los médicos puedan hacer nada por ayudarle. La pequeña muñeca repollo se convierte en un ser insolente y deforme que actúa sin ningún tipo de restricción moral. La madre descubre que lo que en realidad sucede es que el mismísimo demonio ha poseído a su hija y recurre a un sacerdote para que practique un exorcismo. Un religioso que precisamente está atravesando por una crisis existencial y de fe. El filme tiene momentos que han pasado a ser iconos del cine de terror. Ese giro de la cabeza de la niña de 180 grados para decir. "Mira lo que hecho la cochina de tu hija", el vómito verde, el climax final con los sacerdotes intentando exorcizar a la niña...Momentos tan usados e imitados y parodiados en otros productos audiovisuales de la cultura popular, que les han hecho perder gran parte de la fuerza que tuvieron en su día.


La versión de "El exorcista" que vimos recientemente en nuestro Cineclub era el nuevo montaje que hizo su director en el año 2000. Escenas que en su día no se incluyeron en el montaje final, además de pequeños insertos y otros efectos son las novedades que incluye esta versión para tratar de mantener la obra al día y que se note un poco menos el paso de los años. No toda creación artística puede considerarse totalmente acabada, por lo que a veces sus autores no pueden resistir la tentación de volver sobre ellas y hacerles un pequeño lavado de cara, cambiando esas cosas que no les terminaron de convencer del todo y que conforme pasa el tiempo se notan más. El problema de esta revisión es que a lo mejor es que después de tantos años de vivir de escándalo en escándalo y de susto en susto, algunos hemos perdido la capacidad para escandalizarnos y asustarnos. Nos vamos insensibilizando. Hay que recordar que hasta hace muy poco no había ni vídeo, ni DVD, ni Bluray, ni Megaupload, por lo que cada cierto tiempo era normal que las películas se reestrenaran en cines, momentos para los que algunas veces se han aprovechado estos retoques. No creo que en "El exorcista" los cambios que se han añadido en la última revisión pretendieran incluir aquellas cosas que la censura y la mojigatería no le dejaron incluir al director en su día. No hay cosas que te permitan deducir por qué no se incluyeron entonces en el montaje final, salvo no hacerla más larga.

Para terminar, acabaré hablando de las distintas secuelas que ha tenido la peli. "El exorcista 2. El hereje" fue estrenada cinco años después y dirigida por John Boorman y fue vapuleada por crítica y público. He leído algún comentario positivo de algún fan diciendo que Boorman no trató de hacer una peli de terror, sino que era un género más policíaco y aventurero; y como cometió la osadía de dirigir una continuación de un icono del cine, fue convenientemente lapidado. Como no la he visto, ahí dejo el dato. Cuando haga la versión del director de este comentario, ya lo corregiré si tengo que cambiar algo. La tercera parte es del año 90 y su director es el escritor de la novela en la que se basó "El exorcista", William Peter Blatty. Tampoco la he visto, ni conozco el argumento pero, no sé por qué, creo que me la imagino. Seguro que tiene algún toque gore y todo. Y en cuanto a la cuarta parte, que era una precuela, allí ya se roza el despropósito. Inicialmente se contrató a Paul Schrader, veterano cineasta y guionista de muchas de las películas de Scorsese como director. Éste llegó a acabarla y montarla. El resultado final no convenció a los productores que la vieron un poco lenta y aburrida; y contrataron al comercialoide Renny Harlin para hacerla otra vez y rematar una peli de terror convencional tirando a mala. Ironías de la vida, la versión de Schrader acabó distribuyéndose también, aunque sólo en el mercado del DVD. La crítica y el público le dio una valoración más alta que la que se estrenó en cines. Para recochineo se tituló "La versión prohibida". Y digo yo, ¿prohibida por quién?. Demoníacos saludos.


miércoles, 25 de abril de 2012

Satánico y de Carabanchel

Propone: Pepe
Comenta: José Antonio



Cuando llega el momento de comentar una peli de la que se ha escrito hasta la saciedad, siempre sufro cierto bloqueo intentando buscar la inspiración para que la aportación al blog no sean los cuatro tópicos de siempre. Como esa epifanía no termina de llegar, vamos a comentar la peli y por lo menos que sea lo más dignamente posible. Hoy le toca el turno a "El día de la bestia", película de Alex de la Iglesia que Pepe tuvo a bien traernos en las pasadas navidades. Una elección totalmente intencional en plena época de villancicos e hipócritas deseos de felicidad y buenos sentimientos para todos. Si no me hubiera estancado, el comentario hubiera caído en Semana Santa y así seguirían los símiles religiosos, pero ha sido fallo mío. Si vale de algo diré que lo estoy escribiendo el día de la Santa Faz.


"El día de la bestia" era el título que consagró a Álex de la Iglesia como director, a pesar de que se trató de su segunda película, y también lanzó al estrellato a Santiago Segura. El argumento es de sobra conocido: un sacerdote descubre que va a nacer el Anticristo esas navidades en Madrid y empieza su cruzada para evitar la llegada del Apocalipsis. Una comedia trepidante en la que su director intentaba hacer un cine alejado de los topicazos del séptimo arte hispano de los ochenta con todas esas historias que sólo hablaban de la Guerra Civil hasta hartar al personal o repetitivas comedias de enredo (también hay honrosas excepciones, pero es es lo que son, excepciones). "Vengo a hacer películas que odien los críticos", vino a decir Álex de la Iglesia cuando estrenó su primera película, "Acción Mutante". Toda una carta de presentación y una declaración de intenciones de lo que iba a ser su carrera. A los críticos claro, no les hizo mucha gracia el comentario y le recibieron con la escopeta cargada en aquella primera obra. Sin embargo, con "El día de la bestia" cayeron rendidos a sus pies. "El día de la bestia" es uno de los títulos clave del cine español de los 90 y sus diálogos no tienen desperdicio.


A pesar de la evidente tradición católica de este país, una de las claves para ver la película no está en la Bibilia, sino en otro libro que es todo un referente en la historia de la literatura española: Don Quijote de la Mancha. El sacerdote es un hombre que se ha pasado la vida entre libros de teología y acaba perdiendo la razón. Como el insigne caballero de La Mancha sale por Madrid con su sotana y su txapela para desfacer entuertos, donde acaba estableciéndose en una pensión como base de operaciones. Donde uno veía gigantes en vez de molinos de viento, aquí uno ve señales bíblicas por todos lados. Cuando uno se ha pasado la vida en el monasterio entre libros, queda desconcertado al enfrentarse a la realidad. Las discotecas son templos de Satán, la chica de la pensión es una persona virginal, mientras grupos de niños bien se dedican a ir apaleando por la calle a mendigos y otra gente a la que consideran indigna de Madrid. Por cierto, una España en la que estaba a punto de llegar el PP al poder tras más de doce años de gobiernos socialistas de Felipe González. ¿Habría alguna metáfora con el satánico personajillo que iba a nacer en las Torres Kio? La cadena de televisión en la que trabaja el vidente recuerda a aquella primeriza Tele 5. No era la cadena todavía del Gran Hermano y Belén Esteban, sino la pantalla amiga, la tele de las mamma-chicho.


En su cruzada, nuestro sacerdote reclutará a dos escuderos que serán sus particulares Sancho Panza. Uno es José Mari, el personaje interpretado por Santiago Segura: "Sí señor. Satánico y de Carabanchel". José Mari es un personaje mucho menos escéptico que el Sancho de Cervantes, ya que cree ciegamente en todo lo que le dice el cura. El otro escudero es un vidente de gran éxito televisivo, el Profesor Cavan, a quien la pareja protagonista acaba secuestrando para que les enseñe cómo se invoca al diablo. Este vidente cumplirá el papel de escéptico pero a medida que avanza la historia acaba creyendo en la causa de sus captores. Los dos se convertirán en los guías del sacerdote en su cruzada para enfrentarse al horror de la realidad cotidiana de Madrid. Los tres además acabarán convertidos en una especie de tres nuevos Reyes Magos que se preparan a ir al portal de Belén con sus presentes para la venida de la bestia.


En el Cineclub el debate estuvo centrado en si lo que había pasado era una historia real o delirios de los protagonistas. Creo que ya he dejado bastante clara cuál era mi opinión. Ahora iré dando otros argumentos, para reforzar lo que quiero decir. En primer lugar, se trata de una comedia, pero no una comedia romántica de Meg Ryan o Julia Roberts, es una comedia con muy mala baba, en la que se cachondea de la religión y del Anticristo. En la película hay un par de escenas que pueden dar a entender que el demonio está detrás de todo. Una enorme cruz de piedra que aplasta a un sacerdote cuando nuestro protagonista le revela que va a nacer el Anticristo; y un técnico de televisión que muere electrocutado cuando el vidente anuncia en directo el próximo nacimiento del demonio. Son escenas que recuerdan a películas como La profecía y por eso tendemos a pensar que si el accidente ocurre es porque Satanás está detrás. Pero no hay más que ver la historia que nos están contando para ver que se trata de meros accidentes o de burlas a las escenas de ese tipo de pelis satánicas. En cuanto a las apariciones del demonio, hay que recordar que los personajes se han puesto hasta arriba de tripis para hacer el ritual de invocación. De hecho, en el final de la película (aviso de SPOILER) el grupo con el que se supone que va el diablo acaba matando al niño que supuestamente era el Anticristo que iba a nacer esa noche. No es que sea una incoherencia argumental. Es que todo lo que hemos visto son los desvaríos de un loco. Tanto enfrentarnos con el mal y el demonio y querer purificar el mundo, cuando lo cierto es que a lo mejor ya estamos viviendo en el infierno. Un mundo en el que todos optan por cerrar los ojos e ignorar las realidades que nos desagradan y seguimos cantando villancicos y haciendo regalitos a nuestros seres queridos, pensando que somos buenas personas. Y no nos vamos a poner hablar ahora de "los Mercados". Y es que en el fondo, el infierno está sobrevalorado. Tenía que decirlo.


P. D.: A Álex de la Iglesia intentaron ficharlo en Hollywood tras esta película y llegaron a barajarle para el cuarto Alien. Al final acabó dirigiendo Perdita Durango, una interpretación muy diferente al universo de Barry Gifford que el que le dio David Lynch en Corazón Salvaje.

lunes, 2 de abril de 2012

La llegada del muñeco de goma


Propone: Juli
Comenta: Jose Antonio



Hoy nos toca una de miedo. Bueno, no de mucho miedo, pero si hay que encuadrarla en algún género es en el del terror. Estoy hablando de "La noche del demonio" que nos trajo Julián al cineclub y dirigida por todo un clásico como es Jacques Tourneur. La peli es uno de esos títulos que, de no haber sido por las imposiciones del productor, hubiera envejecido mucho mejor. Cuando hablo de las imposiciones me estoy refiriendo al "muñeco de goma", un efecto especial que el productor exigió que se incluyera tanto al final como al principio de la película y con la que quería promocionar una peli con monstruo. Al propio Tourneur no le hizo mucha gracia, y de seguir vivo seguramente en una de esas copias de la versión del director que salen hoy en día sus apariciones seguramente desaparecerían.


 
No tenía yo encasillado a Jacques Tourneur como un director de películas de terror, pero lo cierto es que haciendo un repaso a su filmografía abundan los títulos de este género. Especialmente durante sus primeros años de carrera, en los que se dedicó a películas de serie B con el productor Val Lewton. Entre ellos hay algunas que se consideran obras maestras. Entre ellos están "La mujer pantera" y "Yo anduve con un zombie" (que está en el top ten del género zombi aunque no tiene nada que ver con las pelis gore de George A. Romero). Pero Tourneur se movió entre otros géneros, como el western, el cine de aventuras, cine negro, etcétera. De hecho, el éxito de estas pelis de terror le valió el ascenso dentro del estudio para hacerse cargo de títulos de gran presupuesto. A finales de los años 50, dirigió "La noche del demonio", película con la que regresaba al terror, un género que no tocaba desde los 40.


Un psicólogo norteamericano se ve envuelto en una investigación de asesinato con el trasfondo de sectas satánicas y ritos ocultistas. Nuestro protagonista es un escéptico. Su papel es muy similar al papel de Scully en Expediente X. De hecho, la película juega con la ambigüedad de si ese mundo que nos están contando es real o se trata de supercherías. Aquí tenemos el lastre del dichoso muñeco de goma, que al imponerlo los productores en la primera escena ya nos viene dicho de antemano que todo es verdad. Y es que a Tourneur no le gusta asustar con monstruos y efectos similares. Su terror es más psicológico, donde se crean atmósferas tenebrosas. Normalmente sus protagonistas son personas que se enfrentan a un mundo que les es ajeno. Aquí tenemos un escéptico metido en el mundo de los fanatismos religiosos. En "La mujer pantera" se trata de una inmigrante serbia que se ve atrapada por la maldición de convertirse en felino cuando da rienda suelta a sus fantasías sexuales. Y en "Yo anduve con un zombie", la protagonista llega a una isla del Caribe para trabajar de enfermera y se ve inmersa en el mundo del vudú y los zombies.


El demonio de esta película no está basado en el Satanás católico ni nada de eso. Su inspiración parece venir más de las obras de Lovecraft que de las páginas del Nuevo Testamento. Toda la investigación que lleva nuestro protagonista le llevará a plantearse sus creencias de fe absoluta en el método científico como fuente de conocimiento. Quiere jugar Tourneur con la ambigüedad al final, como queriendo decir que a lo mejor son todo imaginaciones de los protagonistas. Pero de nuevo, la aparición del dichoso muñeco de goma vuelve a pifiar toda esta lectura. La película está hecha para verse prescindiendo de las fugaces apariciones del muñequito de marras. En "La mujer pantera" sí se jugaba con la duda de si ella realmente se transforma o está todo en su mente. De hecho, no se la ve transformarse en toda la peli. Todo un recurso de imaginación cuando tienes sólo 140.000 dólares para hacer el rodaje. En "La noche del demonio" se ve que los productores se pusieron derrochones y dijero: "Ale vamos a comprar un monstruo para la peli". Y así, a pesar del pobre Tourneur, el muñeco de goma se convirtió en la imagen que identificaba este título. Aún no he visto la nueva versión que se hizo recientemente de esta película, pero me pregunto si habrán caído en el mismo error del monstruo.


martes, 6 de marzo de 2012

La realidad y el deseo

Propone: Esther
Comenta: Víctor



La “Guía del cine para perversos” constituye un ciclo documental en tres partes, muy bien dirigido por Sophie Fiennes, que el filósofo y psicoanalista lacaniano Slavoj Žižek dedica al cine. Para ilustrar sus tesis utiliza secuencias de más de treinta películas, y una de las grandes virtudes de esta “Guía” es el acierto en su elección. Además, Fiennes rueda a menudo las intervenciones de Žižek en los escenarios originales de éstas –o al menos en réplicas–, creando la ilusión de desmontar la ilusión que justo un momento antes se ha creado. Todo ello, con el añadido del entusiasmo y la entrega de Žižek, consigue mantener nuestra atención y que sus preguntas por la experiencia cinemato¬grá-fica encuentren eco en nosotros –a pesar de que en el cine club asistimos a la proyección consecutiva de las tres partes, hasta un metraje de dos horas y veinte minutos. Sí se echa en falta, no obstante, una puntuación, una ordenación más sistemática de su discurso, que termina resultando un poco fragmentario.


¿Y qué trata de mostrar, de enseñar Žižek? Comienza de manera impecable, poniendo en cuestión la naturaleza misma de nuestro deseo. No hay nada de espontáneo, de natural, de inmediato en el deseo humano. No queremos simplemente lo que tenemos eventualmente ante los ojos aquí y ahora –que a veces es una pantalla iluminada–, ni la simple satisfacción del instinto. La esencia del cine, afirma, está en enseñarnos qué desear, incluso cómo desear. Muestra en primer lugar “Possesed”, película de 1.931, para ilustrar cómo algo que está en la realidad (las ventanillas de un tren) deviene pantalla de cine para una chica provinciana que lo ve pasar. Todo lo que ocurre dentro del tren pierde su realidad para devenir pantalla, materia y soporte de las fantasías y sueños de ella. Y a continuación, sin solución de continuidad, asistimos a “Matrix” y sus píldoras de la lucidez o el olvido. Pero “Matrix” no deja de ser una ficción; la elección no es entre ilusión y realidad, necesitaríamos una tercera píldora, para ver no ya la realidad que estaría “detrás”, moviendo los hilos oculta por la ilusión, sino la realidad que se da en la propia experiencia de la ilusión.


¿Y la tercera píldora?

¿Y cuál es la naturaleza misma de la realidad? Según Žižek hay que encontrarla en lo que Lacan denominaba “el orden simbólico”. No es sólo nuestra posición, es nuestro mismo ser lo que está en juego. “Me llamo fulanito de tal”, “Soy médico”, “Es el hijo de X.”, todo ello media entre nosotros y la realidad, o mejor, todo ello constituye la que es nuestra realidad en tanto que humanos. Incluso en lo más cotidiano (“Tengo que entrar a trabajar a las nueve”, ni antes ni después) irrumpe lo simbólico a partir de relojes y horarios. ¿Y qué más real que eso en nuestra experiencia cotidiana? Como dice también Lacan, no sólo esta loco el que dice ser rey sin serlo; está más loco el rey que cree que lo es, porque el hecho que lo sea depende enteramente de que otros convengan en ese reconocimiento en el orden simbólico. Nada, por lo demás, lo distingue del común de los mortales.

Así estamos en “la realidad”. ¿Para qué entonces la ficción, lo imaginario, los sueños? ¿Sólo para “evadir” esa realidad que hace obstáculo, que resiste a nuestros deseos? En modo alguno; antes al contrario, Žižek afirma que el retorno a la realidad “sólida” representa un refugio ante eso subversivo, irracional, a veces monstruoso que irrumpe en nuestros sueños como irrumpe en la acción Harpo Marx. De todo ello, de nuevo Lacan, uno “no quiere saber nada”. Hay que transformar en ficción, en imaginario, en cine, todo aquello que es demasiado traumático, violento, hasta el punto que amenaza con hacer pedazos nuestra realidad. En “Vértigo”, el neurótico Scottie no se atreve a mirar directamente a Madeleine en el restaurante: «Es como si lo que ve fuera el contenido de sus sueños, lo cual es más real, en cierta forma, que la realidad de la mujer que camina a sus espaldas».

Scottie y sus neuras

La segunda parte está dedicada en parte a la “cuestión freudiana”. Otros dos ejemplos, asimismo extraídos de la filmografía de Hitchcock, son clásicos de la interpretación psicoanalítica: “Psicosis” le sirve a Žižek para ilustrar la metapsicología freudiana de yo-superyó-ello —transpuesta a las tres plantas de la casa de Norman Bates— de forma convincente. Žižek también recurre a la no menos clásica interpreta¬ción de “Los pájaros” como metáfora o símbolo de una energía incestuosa que irrumpe para prohibir, para desbaratar, la aventura amorosa de Mitch Brenner. También volverá a remitirse a “Vértigo”, para ilustrar el abismo de la profundidad del otro.

Y así Žižek va proponiendo, a partir de obras de Lynch, Tarkovski, Bergman, Chaplin, Kieslowski, etc., diversas ilustraciones al vuelo de lo problemático de nuestra vivencia de la realidad (a menudo a base de interpretaciones psicoanalíticas como las anteriores). Por ejemplo, la naturaleza, las flores, el suelo, ya no son algo plácido: al contrario, las flores son primordialmente obscenas, el suelo y su vida secreta expresan un caos primordial, como lo que queda detrás del retrete que es reprimido, empujado al olvido. Se ocupa también de la dimensiones obscena y traumática de la voz (“El exorcista”, “El gran dictador”). En otro momento incide en otra inversión de las creencias que mantenemos habitual¬mente en nuestra actitud natural, la inmortalidad vs. la muerte. No es lo temible la muerte, lo temible sería la inmortalidad. También lo dijo Lacan, no hay que olvidar que Žižek se declara lacaniano casi militante:



En la tercera parte, “Cine y el arte de las apariencias”, muestra como la realidad, incluso cuando es horrible y despiadada, puede devenir caricatura (las víctimas de los juicios del Stalin aficionado a los musicales equiparadas a personajes de dibujos animados, “Pluto’s judgement day”); o puede incluso descomponerse materialmente (“Stalker”), lo que en Tarkovski da origen a una experiencia espiritual que en lugar de mirar al cielo mira al suelo.

Zizek entendiendo a David Lynch

¿Entonces, siempre permanecemos en la impostura? Como escribe T.S. Eliot, “La naturaleza humana no puede soportar demasiada realidad”. Si necesitamos una tercera píldora, no es porque nos tomemos demasiado en serio las ficciones, es porque no nos las tomamos suficientemente en serio, dice para ir concluyendo, después de la lección sobre el amor de “Luces de la ciudad”. Para entender el mundo de hoy necesitamos el cine, literalmente. ¿Quieres encontrar algo más real que la propia realidad (y en esto consiste el deseo de los neuróticos, pero también quizás la política)? Busca en la ficción cinematográfica.

Aviso a navegantes: esta “Guía” merece ser consultada.


martes, 28 de febrero de 2012

Bla, bla, bla

Propone: David
Comenta: José Antonio



La proyección de Waking Life en nuestro Cine Club por parte de David suscitó un encendido debate entre defensores y detractores. Yo fui de los de este último grupo, lo que adelanto ahora para los enemigos de los comentarios largos porque a lo mejor voy a tener que dar un pequeño rodeo para explicar todo lo que tengo que decir. Otros dirían simplemente que es una mierda, pero yo voy a tratar de argumentar por qué.



A mediados de los años 90 se estrenó una película de culto, muy bien recordada por todos aquellos que esos años se encontraban en la adolescencia, "Antes del amanecer". La fantasía romántica de mucho viajero de Interrail. Un joven periodista norteamericano y una estudiante francesa, interpretados por Ethan Hawke y Julie Delpy, coniciden una noche en Viena en el viaje que cada uno hace en tren recorriendo Europa. Los dos se gustan y deciden pasar esa noche juntos recorriendo la ciudad, hasta que al día siguiente ese tren les vuelva a separar para llevar a cada uno a sus respectivos destinos. Unas pocas horas para poder conocerse el uno al otro y decidir si tienen que seguir viviendo su vida por separado. Entre conversación y conversación cada uno va desnudando su alma al otro, quién fue la primera persona a quien besó, su punto de vista sobre el amor romántico, la guerra de sexos y todo aquello de lo que puedan hablar en el transcurso de una noche. En su recorrido, se irán encontrando con diversos personajes secundarios que van acentuando el romanticismo de la historia, un camarero, una pitonisa, una pareja que discute, un mendigo filósofo. Así hasta el final, en el que cada uno debe seguir con su vida y con la pregunta de si deberían seguir pasándola juntos.


Diez años después, el mismo equipo se reunió para hacer una segunda parte en la que contar el reencuentro de la parejita en París y seguir con lo suyo donde lo dejaron, "Antes del atardecer". En su día cometí el error de ver las dos partes seguidas. Lo digo porque efectivamente la historia sigue tal como la dejaron. Tras la rutinaria explicación para justificar el reencuentro y por qué nunca volvieron a verse, a los pocos minutos ya están los dos hablando de nuevo, como si no se hubieran separado, retomando el diálogo tal y como lo dejaron. Y es todo un poco como más de lo mismo. Hablan, hablan y hablan y no paran de hablar a los cinco minutos de haberse reencontrado. La historia tiene el punto de interés en que ambos han madurado y saben un poco más de la vida. Pero por momentos, el diálogo se vuelve pretencioso. Parece que el guionista y director (que no lo he dicho aún pero son la misma persona) quisiera darnos su punto de vista sobre absolutamente todo sobre lo que pueda opinar. Es que por hablar, hablan hasta de ¡LA GUERRA DE IRAK! (leáse con tono irónico: qué ingenioso, cómo un personaje es francés y el otro americano). Una sucesión de diálogos es un poco redundante, porque son como el pretexto y el rollo que te tienes que tragar para ver cómo esta vez sí que se van a ir juntos. Ya que desde que empieza la peli ya se sabe cómo se va a acabar. Puede que algunos guarden muy grato recuerdo de ambas películas por la época en que las vieron, pero creo que han envejecido fatal (normalmente siempre se envejece mal, ¿para qué vamos a engañarnos?).


Y así llegamos a "Waking Life", película que el mismo director y guionista hizo entre medio de ambas: Richard Linklater. Si a las dos películas antes citadas les quitamos el argumento, nos queda "Waking Life", porque eso es lo que es. Se nos cuenta la historia de un chico que no puede despertar y en su recorrido por el mundo de los sueños se encuentra: CON GENTE QUE HABLA. Cada escena es un encuentro con un nuevo personaje, que siente la necesidad de darle su opinión sobre algo. Casi queremos que a cada encuentro el protagonista salga corriendo y evite a ese ser que se le acerca por la calle. No es un zombi, es otro plasta que le va a dar la brasa. Y resulta, por lo que dicen los defensores de la peli, que entre esas personas que salen hablando están algunos de los más importantes pensadores de la filosofía contemporánea. Nada tiene sentido, pero según estos defensores no tiene por qué tenerlo. Es todo como un "collage" sobre las distintas corrientes del pensamiento actual. Y con la eterna incertidumbre para el protagonista de no saber si está despierto o sigue soñando.


"Waking Life" es una película de animación, que utiliza una novedosa técnica: imágenes reales que son repasadas con acuarelas, lo que contribuye a dar vistosos efectos. El problema es que se trata de un espectáculo hueco y vacío, en el que no se logra transmitir ni por un momento cuál es la esencia de los importantes pensadores que aparecen hablando de su obra. Salvo a alguno que se le pone la cara verde o roja cuando hablan de la envidia o la ira, respectivamente. Salvo eso, podrían estar hablando de filosofía, de cómo se prepara la tortilla de patatas, sobre el final de la serie Mazinguer Z o sobre el apareamiento de los pingüinos en el polo norte. Da igual. Hablar de filosofía no convierte a una película en filosófica. Sólo aparece gente que habla con el único fin de que el director se regodee de cuántas cosas profundas se pueden decir, olvidando que no basta con decir las cosas, sino que hay que decirlas bien. Rechazo cualquier comparación de esta película con David Lynch por el tema del surrealismo, porque la principal diferencia es que a Lynch se le nota que le gusta lo que está contando y le apasiona el cine. Mientras que en Linklater sólo hay pretenciosidad. Entre tanto personaje que aparece hablando, tenemos incluso un cameo de la parejita. Posiblemente aquí le surgiría la idea de hacer la secuela de "Antes del amanecer".

Para terminar, sólo recordar que Richard Linklater fue el autor de otro de los horrores que vimos en nuestro Cineclub: Fast Food Nation, de la que no hemos podido hablar hasta ahora porque fue una de ésas obras "fuera de concurso". Era una supuesta crítica a las cadenas norteamericanas de hambugueserías, en la que te venía a decir que los fabricantes de hamburguesas eran malos porque destripaban a las vacas para conseguir la carne, cuando mira tu si había material para contar. Quizá lo he exagerado un poco, pero si se piensa bien después de verla y le quitas el humo y los fuegos artificiales, ésa es la verdadera historia que te han contado. Recientemente, Linklater ha realizado otra peli de animación con la misma técnica, "A scanner darkly", que no he visto pero que tiene el aliciente de estar basada en una novela de Phillip K. Dick, el escritor de ciencia ficción que ha inspirado pelis como Blade Runner, Minority Report y Desafío total.Así que me temo que acabaré picando un día.

jueves, 23 de febrero de 2012

Cuento para el Opus 35 de Tchaikovsky

Propone: Amalia
Comenta: Rubén



¿Qué sería el cine sin música? Probablemente un telediario.
Las siete notas han acompañado al séptimo arte (“siete notas, séptimo arte” ¿coincidencia?) desde los albores del celuloide cuando un triste piano, a la lánguida luz de unas velas, aderezaba los primeros fotogramas en directo.


En esos días, Morricone, Goodwin, Williams y demás no eran ni una sombra todavía en el limbo de los “non-natos”, y sin embargo las mejores composiciones musicales de los dos últimos tercios del caduco siglo XX proceden del cine.

El cine nos cuenta una historia, pero ¿puede la música hacer lo mismo? La respuesta la considero obvia: sin duda. Cualquiera que escuche, por ejemplo, con un poquito de atención la 1812 del maestro ruso Tchaikovsky percibirá dos ejércitos, un frente de batalla, una contienda (incluidos los cañonazos) y una victoria con sus salvas incorporadas. Y todo esto porque la música transmite acontecimientos y sentimientos. La música transmite pasiones sin hablar, la música es otra forma de lírica, la música es una poesía internacional al carecer de palabras.


Y hablando de cine, de música, de rusos y de Tchaikovsky, nuestra amiga Amalia se presentó en el cineclub con la película “El Concierto”, película del año 2009, coproducida por media Europa (Francia, Bélgica, Rumanía e Italia) que obtuvo el David di Donatello a la mejor película de la Unión Europea en ese mismo año. Este largometraje cuenta una dulce historia, un cuento moderno, con su milagro en el final incluido.


El que otrora fuera el director de la orquesta del Bolshoi, en el teatro homónimo (a la sazón el protagonista), degradado a chico de la limpieza por haberse negado a despedir a unos intérpretes gitanos y/o judíos que formaban parte del elenco de músicos del teatro más famoso de Moscú en plena era comunista, decide un buen día y por azar del destino (llamémosle, por ejemplo, Fax) suplantar la actual orquesta y reunir a su vieja trouppe y actuar en el Teatro parisino del Châtelet. Le ayuda en esta descabellada empresa su amigo, el antiguo contrabajista despedido (y no es lo mismo ser contrabajista del Bolshoi que contrabandista del Bolshoi, hecho por el que hubiéramos entendido todos que lo despidieran de la orquesta, pero no por su raza o religión), y para acrecentar el clímax, su otro cómplice es un comunista nostálgico, el mismo que lo denunció años atrás, y que actúa de representante. Y claro, la obra a ejecutar en el foro parisino es una sencillita, de Tchaicovsky, el Concierto para Violín, con lo que se necesita además de una orquesta en plena forma y bien afinada, un violinista solista.


A partir de ahí, todo son peripecias que le sirven al director de la película, Radu Mihaileanu, para crear situaciones de denuncia y crítica social entre el Oriente y el Occidente europeo con una visión cómica, mostrando ciertos tópicos de la actual Rusia y de los directivos europeos. Peripecias y aventuras que van in crescendo desde la ardua labor de reunir a la antigua orquesta hasta un suceso casi insospechado en la misma noche del estreno.
Por otro lado hay una historia subyacente con la violinista solicitada por el director que no se desvela hasta el final de la película.
Y como yo he llegado al final del comentario, querido lector, si quieres saber qué ocurre te emplazo a que veas la película,  y quizá la música te revele algún aspecto que tuvieras escondido...

lunes, 20 de febrero de 2012

El indignado Truman Burbank


Propone: Rubén
Comenta: Pepe

Érase una vez un muchacho cuya vida era tan perfecta como cualquiera pueda desear: tenía una amante esposa, una madre abnegada, un amigo del alma, agradables vecinos y un idílico lugar junto al mar donde vivir y trabajar. Era, en suma,  tan libre de hacer cualquier cosa que se propusiera que libremente optaba por no hacer ninguna otra cosa, salvo agradecer a un Dios bondadoso que hubiera puesto un mundo tan perfecto a su alcance.


Hasta que un día empezó a darse cuenta de que en realidad vivía bajo un severo sistema de control que le vigilaba y le constreñía, que no le dejaba ser él mismo y que boicoteaba sistemáticamente cualquier intento por desviarse del camino que había sido trazado para él desde alguna otra parte, y al servicio de a saber qué intereses. Fue pensando paulatinamente que todos conspiraban en su contra, que sus decisiones, aparentemente suyas, no lo eran en absoluto, que los que manejaban los hilos de su vida seguirían manejándolos sin piedad. En suma, que ni su vida era idílica, ni su libertad era real. Que en alguna parte había un Dios malvado al que había estado agradeciéndole sus cadenas.


Y claro, el muchacho se indignó, y mucho. Y se rebeló. Muchos otros hicieron algo parecido hace unos meses, un 15 de mayo, creo, y se pasaron un tiempo acampados en plazas hasta que telefónica hizo un spot que los absorbió para el sistema y el movimiento se diluyó hasta convertirse en una anécdota molona que contarle a los nietos. También se llamaban a si mismos indignados.

Pero esa es otra historia, o bien otra lectura, bastarda si queréis, de la película que hoy nos ocupa, que no es otra que El show de Truman (Peter Weir, 1998), aunque me sirve para explicar la intención de este comentario, que es demostrar, dicho llanamente, que a esta película se le puede sacar mucha punta.


Porque el show de Truman es una de esas películas que esconde, bajo un aspecto de divertida comedia con su punto dramático, una cantidad nada desdeñable de capas de sentido, de lecturas posibles, de ricas interpretaciones desde diversas ópticas y disciplinas. La más evidente es la crítica a los medios de masas y en particular a la moda de los "realitys". También hay un certero análisis de los mecanismos de control del poder, de lo cual ya dijimos algo en los comentarios a propósito de Canino (Giorgios Lanthimos, 2009) y al principio de este escrito. Sin olvidar la carga filosófica (se mencionaron el famoso mito platónico y los nombres de Nietzsche y Dios en el debate que siguió a la proyección) e incluso la psicoanalítica (¿Qué hubiera dicho Slavoj Žižek en su The pervert’s guide to cinema (Sophie Fiennes, 2006) sobre el particular?). Así pues, nuestro Truman (un solvente Jim Carrey) se indigna contra un personaje excepcional que es a la vez realizador, tirano, demiurgo y padre, entre otras cosas, llamado Christof (grandioso Ed Harris), que es quien prácticamente sustenta la película entera sobre sus hombros.
Dicho lo cual añadiré, ya para finalizar y para dejar paso a las interpretaciones de cada lector en la zona de comentarios, que encima la película está muy bien hecha. Del guión a la realización, pasando por la dirección de arte, la música o el reparto, todo suma para hacer de esta una gran película.